21 Jul EL CUERPO EN EL ESPACIO
“Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Una persona camina por este espacio vacío mientras otra la observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral”.
Con estas palabras, Peter Brook inicia el ensayo El espacio vacío y, con ellas, se inician las trayectorias de los cuerpos en el espacio de acción.
Pasear, mirar, escuchar, expresar, organizar: acciones que sirven para aportar espacios nuevos y redescubrir alguno más. Se hacen gramática creativa y se construyen misterios con el movimiento.
Ritual, cuerpo y acción
Según se transita por el espacio, el cuerpo va descubriendo a otros nuevos, semejantes a él, conviviendo todos en los lugares que han intervenido y ritualizado con la acción. Es la hierofanía, el acto de la manifestación de lo sagrado. El hombre interviene conscientemente al organizar estos espacios para la ritualidad. Los crea a través de la voz, el movimiento, el gesto, la indumentaria, la luz… cualquier elemento escénico le va a ser útil para crear en su nuevo espacio encontrado. Lo sacraliza para la actuación.
El cuerpo ha sido el interventor de sí mismo; se ha convertido en objeto para entender cuál es su función como instrumento y comunicador de emociones. Con la mirada crea espacios, con la luz anuncia volúmenes, con el sonido respira voz. Son espacios que transitan con el lenguaje de la comunicación sensorial. El cuerpo del actor se ha hecho espacio, se ha hecho persona de temperamento, pero también se conforma como autor que concibe la cultura como base de su conocimiento de la naturaleza.
Pero su tránsito por la acción acaba de empezar. Sus movimientos comienzan a conformar líneas, formas, texturas, sonidos y colores. Se hacen presentes, comienzan a ser moradas que habitan el momento, y lo hacen cuando el cuerpo concede lo que interesa al actor: ser creador y arquitecto del lenguaje de su propia vida escénica. En ese entorno ideado por el movimiento, la percepción del tiempo es fundamental: pasa y sucede. El actor, como creador de espacios, percibe ese tiempo para plasmar su expresión artística y activar el acontecimiento de lo vivo y del directo. Cuanto más intervenga con él como aliado, más lugares habrá por descubrir. Los encuentros se ven acompañados de la acción como percepción, de la atención como imagen y de la emoción como posesión.
Para este momento, ha sabido entender que la sintaxis de la imagen es la que le va a proporcionar ser y estar en el mundo de la composición plástica con su cuerpo en la escena, organizando encuentros entre este y el espacio. Dibuja líneas verticales para expresar fuerza y elevación; líneas horizontales para producir estabilidad y quietud; líneas diagonales para crear movimiento; líneas curvas para sentir dinamismo y organicidad.
Sigue paseando por el espacio y observa el peso que poseen esas líneas, el ritmo como orden que acompaña en la sucesión de las cosas, la unidad, el contraste y la variedad. Entiende de proporciones, medidas, compensaciones de masas, de formatos y de trayectorias. El cuerpo en el espacio se inicia con estas premisas básicas del lenguaje visual, las entiende y las pone en práctica; de esta manera, la ubicación espacial ya formará parte del acontecimiento teatral. Dejaremos de entender que nos movemos por emociones para comprender que el espacio transmite emociones.
Presentes cuerpo y espacio, inician el camino creativo como proyecto, proceso y producto para emocionar y transmitir capacidades, pero debe ir acompañado de un pensamiento también creativo que comienza a desarrollarse con la percepción. El resultado es la capacidad de gestionar sensibilidades y el gusto por los diferentes lenguajes (sonoro, gesticular, plástico, etc.), los cuales, mezclándolos como material de argamasa, unen y pegan el proceso artístico de la propia vida como obra de arte.
Si esta idea perdura en el complejo mundo de la acción entre cuerpo y espacio, entramos en la visión que se tiene ante la ritualidad contemporánea, que no es otra que la desaparición de la función religiosa para convertirse en un «estar juntos» en momentos concretos de la acción. El cuerpo comienza a ser memoria de su propio cuerpo, imagen de sí mismo e ilusión resucitada de otros espacios habitados. Se describe al límite, se hace político, se organiza socialmente, encarna identidades, narra y deja huella.
David Le Breton, en Elogio del caminar, comenta:
«Caminar reduce la inmensidad del mundo a las proporciones del cuerpo. El hombre se entrega a su propia resistencia física y a su sagacidad para tomar el camino más adecuado a su planteamiento, el que le lleve más directamente a perderse si ha hecho del vagar su filosofía primera, o el que le lleve al final del viaje con la mayor celeridad si se contenta simplemente con desplazarse de un lugar a otro. (…) Caminar es una actividad corporal (…); el caminante recorre infinitamente el espacio, pero su periplo es también infinito a través de su cuerpo, que adquiere las proporciones de un continente cuyo conocimiento es siempre provisional».
Espacio, memoria y representación
El espacio también juega con las distancias, con las medidas, con las cifras. El actante se manifiesta en él a través de lo que tiene, representa con sus variadas formas el espectáculo en vivo y convierte al espacio en laberinto de pasiones. Es este, o es la mirada de quien quiere poner límites a la mirada. Los dos son espacio: lo que es y quien lo organiza. Los recuerdos se aglutinan para resucitar los espacios vividos y estos crearán el futuro encuentro con los siguientes. Objetos cotidianos, sombras, indumentarias… elementos que conforman espacios de recuerdos corpóreos. Ropas que caminan en el suelo, mobiliario que conserva la textura de la añoranza: el actante se enfrenta a la memoria de su cuerpo en el momento en que desea componer con todos los elementos escénicos que tiene a su alcance.
Tampoco la palabra se escapa a la representación; esta, en ocasiones, se instala en el cuerpo del actante como un accesorio plástico que lanza al espacio el discurso de la imagen, proyectándose en la pantalla del acontecimiento en vivo.
El aire de la composición escénica ya se encuentra en tratamiento: la puesta en escena inicia la escritura en el momento y los movimientos de los actantes inician la representación con sus actitudes y emociones. Cuerpos dolientes donde la violencia simbólica se convierte en memoria, creando un espacio social entre el dolor corporal y el espacio que lo contiene. Cuerpos gestuales que dejan su rastro de vida cotidiana en las artes visuales, la danza y el teatro. Cuerpos de los actantes que se enfrentan con sus acciones a resistencias sociales, descubriendo maneras y modos de ser libres. Cuerpos políticos que componen la vida de lo que quieren construir, originando espacios multidimensionales de personalidad.
Espacio y cuerpo convertidos en escenografías de nostalgias presentes, con gusto por la manera de mirar y percibir el encuentro entre ambos. Difícil escapar a la memoria del confort aprendido y necesaria la consciencia de descubrir espacios nuevos que originen preguntas y que desemboquen en la memoria del futuro. El espacio se habitúa, el cuerpo lo perpetúa y el arte lo ejecuta.
La escenografía instalada en la nostalgia se utiliza en ocasiones como mobiliario escénico de la otra realidad, que es la de la comodidad. Huyamos de ella.
La composición espacial, la acción, el cuerpo, el objeto, la indumentaria, la luz, la sonoridad y la palabra han dejado de ser pasivos objetos encontrados y aislados para convertirse en conjuntos de hechos e ideas que acompañan a la creación artística. Son necesarias las subjetividades de los creativos contemporáneos para comprender la transversalidad del teatro, de la frágil vida de sus cuerpos y de los espacios inmateriales.
Todo se convierte en un «teatro sin teatro».
No solo el cuerpo del actante busca liberarse y ser parte del acontecimiento escénico; también el propio espectador necesita comprender este gesto para permitirse ser el activo social que es y compartir a su vez la transformación que lo libere de sus límites, tanto espaciales como relacionales.
Al final todo se convierte en un ritual social que libra el combate entre su esencia como creador, la fragilidad de su cuerpo y el espacio para su instalación. Diseña espacios para habitarlos, moviliza colores para soñarlos y prolonga sus palabras en lo diferente.
Georges Perec, en Especies de espacios, concluye el prólogo:
«En resumidas cuentas, los espacios se han multiplicado, fragmentado y diversificado. Los hay de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las funciones. Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse».
José Luis Raymond
Madrid, diciembre de 2016







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